Thursday, October 2, 2014

Sobre el clasismo en Colombia


Hace poco un británico de origen árabe escribió que las aerolíneas son un microcosmos del país al que pertenecen, y que en ese sentido Avianca representa el clasismo arraigado de la sociedad colombiana. Este británico, quien vive desde 2014 en Bogotá, apenas se acomodaba en primera clase del vuelo Bogotá-Londres, cuando la azafata extrañada y azarada se acercó a pedirle el pasa bordo. Él mostró su pasa bordo y a pesar de estar en su puesto, la azafata en vez de disculparse por su intromisión y ofrecerle una bebida, insistió que la fila seis quedaba atrás, mientras señalaba con autoridad los asientos de la sección económica. A la azafata su estructura mental le impedía entender que un joven de piel oscura, vestido con jeans, camiseta y tenis pudiera viajar en primera clase en un vuelo transatlántico.

El episodio de la azafata podría ser algo aislado, idiotas sin tacto los hay en todas partes. Lo que evidencia el arraigo de la estructura clasista en Colombia fue la incapacidad del narcotráfico, con todo su poder de penetración, de poder pertenecer a las altas esferas sociales. Los narcotraficantes eligieron y coronaron reinas de belleza, trajeron animales de África, tenían piscinas en distintas formas (una con el mapa del Caquetá), ponían al campeón del fútbol colombiano, financiaron campañas presidenciales (una comprobada ocho mil veces), ejecutaron magnicidios, aterrorizaron con sus bombas a toda la sociedad, tramitaron leyes a su medida en el Congreso (narcomicos), pero hubo algo que jamás pudieron hacer: pertenecer a la élite social ni a sus clubes sociales (al punto que el narco “Chepe” Santacruz hizo en Cali una réplica del Club Colombia después que le negaran la entrada). Los narcotraficantes eran vistos como parias en las altas esferas, es más, a las personas que hacían parte de su círculo y se relacionaron con los narcos fueron excluidos y expulsados de los clubes sociales. (Dicen que esto le pasó al suegro de Juan Pablo Montoya). 

Se podría pensar que es un rechazo de la alta esfera hacia la criminalidad, pero no hay que ser fiscal para saber que un gran número de personas que pertenecen a ésta se reparten los grandes contratos del Estado a cambio de financiación electoral, evaden impuestos, utilizan “inside information” para sacar provecho en el mercado accionario, se apropian de terrenos por donde está diseñado el trazo de una nueva carreteras o/y compran bodegas donde se va constituir una zona franca. Es una elite que castiga los crímenes violentos, pero convive y coexiste con crímenes de cuello blanco. Claro que rechazan la violencia que viene de la mano con el narcotráfico, pero parte de su molestia está que un mestizo, de poco modales, puede acceder a los mismos espacios a los que ellos acceden (Como también les molesta los “levatandos”, así su fortuna sea legitima).

El problema del clasismo va más allá de las elites, se puede argumentar que en todo el mundo éstas son clasistas, pero el clasismo en Colombia es tan arraigado que gente de clase media también empiezan a cometer actos clasistas, como la azafata. Muchas personas clasistas de clase media confunden lo elemental, cuando hay escándalos de grandes desfalcos financieros, si el criminal tiene en su mayoría genes europeos, por inercia dicen “es un tipo súper bien”. Es decir, se califica de bien a la persona por sus rasgos y por sus apellidos, antes que por sus acciones. Parece un mal chiste tener que aclarar que una persona sea un “tipo bien” lo determina su comportamiento y no su ADN. 

Esto de “ser bien” trasciende el ADN al nombre de pila, solo el tener un nombre que se salga de los estándares de “ser bien”, es suficiente para ser excluido. No se necesita hacer un estudio para saber que Gonzalo Shroeder tendrá mucho más éxito en el mercado laboral que Johan Gonzalez. En su época de académico, Alejandro Gaviria (CEDE –Universidad de los Andes) sí realizó el estudio y pudo determinar que las personas “sin tocayo” ganan hasta 10% menos, y que en la medida que se comparan personas con más años de educación, la brecha se hace aun más grande. 

Mucha veces se ha dicho en Colombia hay más clasismo que racismo. Esto es más grave desde la exclusión (menos grave desde los actos violentos), porque el clasismo termina excluyendo a más personas (es mayor la sumatoria de personas humildes blancas, mestizas, árabes, indígenas y afros, que lo que puede excluir el racismo). El problema del clasismo va más allá de lo anecdótico, que si un narco le rechazan la entrada a un club social. El problema está que el clasismo, diferencia y excluye, y en el “mejor” de los casos genera desinterés e indiferencia por el otro. Este clasismo puede explicar, en parte, la razón de décadas en que el Estado colombiano ha sido tan indolente con las personas más humildes. La lógica parte que las clases dominantes no se sienten relacionadas con ellos, y por esto, son excluidos de la provisión de bienes públicos o los que se proveen son de baja calidad, de manera análoga son como la azafata que al ver a una persona de piel oscura inmediatamente piensan que la persona pertenece y merece estar bien atrás. 

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